Un propósito sin acción es solo una ilusión

Un propósito sin acción es solo una ilusión

Han pasado más de 40 años desde el momento en que conocí el oscuro mundo de las alcantarillas y sus habitantes. 

 Aún recuerdo a aquella linda niña que me guíó con su velita hasta ese infierno viviente, lleno de excrementos humanos, ratas y olores nauseabundos. Desde ese instante mi vida tomó otro giro, ya que, a pesar de haber ayudado a muchos niños y niñas de la calle con anterioridad, esta problemática tan salvaje e inhumana atrajo toda mi atención y energía. 

Comencé a utilizar el poder de la imaginación y la creatividad para luchar por una causa que hasta ese momento estaba en el limbo.  Lo que más me impresionaba de toda esta situación, no era el dolor, el frío y la miseria de quienes vivían allí, sino la indiferencia social, la insensibilidad y el rechazo de toda la gente buena que pudiendo hacer algo decidía no hacerlo.  Arranqué entonces, a pesar de no conseguir apoyo ni siquiera de mis mejores amigos, aunque algunos con el tiempo terminaron uniéndose la causa, a tratar de ayudar a cada niño, niña y joven siempre con la misma filosofía de no dar el pescado sino enseñar a pescar. La mayoría de la gente me expresaba que estaba loco y que esa era una obra que la deberían hacer los curas o el gobierno. Me decían que no perdiera el tiempo en tal tarea porque no iba a poder jamás cambiar el problema social de semejante magnitud.  

A pesar de las muchas críticas que recibí, continué en mi empeño.   No me interesaba si ayudaba a un niño, una niña o un joven o a varios, lo único importante para mí era que a quien yo le diese   esa esperanza con mi apoyo pudiese encontrar su propia luz en medio de la oscuridad. Recuerdo con exactitud, no haber tenido ninguna expectativa de rescatar a miles de niños o niñas ya que siempre tenía en mente que para el mundo entero yo era simplemente un desconocido, pero para ese ser humano al que yo le daba mi mano, mi luz, mi amor o mi abrigo yo era todo su mundo. 

Fue así como hace unos años cuando me celebraron de sorpresa en la Fundación Niños de los Andes mis 50 años de vida, entendí perfectamente que el cielo estaba aquí en esta tierra, cuando   ante mis ojos estaban cientos de niños y niñas que ayudé convertidos en felices padres, madres o abuelos.  Mi emoción fue muy grande al ver a tantas generaciones llenas de amor y esperanza compartiendo no solamente conmigo, sino con mis hijos Esteban y Alejandra y todo el equipo humano que ha estado siempre soportándome a través de todos estos años. Fue un sueño hecho realidad.

Por eso cuando alguien se acerca a mi preguntándome cómo hacer para ayudar, mi consejo siempre será el mismo: Arranca hoy sin mirar a quien y sin esperar nada a cambio. Puedes hacerlo con un niño, una niña, un anciano, un mendigo, un enfermo, un discapacitado o inclusive, con un miembro de tu familia que necesite de tu apoyo. Lo importante es arrancar, no quedarse en grandes proyectos, planeaciones y presupuestos, ya que un propósito sin acción es solo una ilusión.  Y recuerda esto por siempre: Lo que tus guardas o atesoras fácilmente lo puedes perder, pero todo lo que tu das a los demás jamás lo perderás porque siempre lo llevarás en tu corazón.

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